Salvador
María del Carril, vicepresidente del general Urquiza, era conocido por su
dureza. Al parecer su esposa, Tiburcia Domínguez, tenía muchas deudas que
pagar. Al enterarse Del Carril, escribe en una carta pública que no pensaba
poner ni un centavo de su dinero para ayudar a Tiburcia. Ella se enoja tanto
que jura no volver a hablarle nunca más. Ambos convivieron durante 21 años sin
pronunciarse una palabra.
Cuando muere
Salvador, su esposa lo coloca en una bóveda del cementerio y manda a construir
una estatua en la cual él se encuentra mirando hacia el sur.
Pasan los
años y, cuando Tiburcia se ve cercana a la muerte, pide que su escultura se
encuentre de espaldas a la de su esposo. ¡Eso sí que es estar enojada! ¿Qué
hubieras hecho vos?
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